Sociedad

La Violencia como Renuncia al Ingenio

Fecha: 26 de Enero de 2026
Clasificación: Antropología Política y Ética de la Creación
Tema: Ontología de la Violencia como Impotencia Vincular y la Política como Horizonte de la Imaginación Creadora

El diagnóstico: La violencia como clausura de la imaginación

Se ha dicho, en una frase que resuena con la profundidad de los grandes aforismos políticos, que:

“La violencia es el medio del que carece de medios”.

Esta afirmación encierra una verdad fundamental que a menudo ignoramos. Solemos mirar al violento —sea un estado represor o un individuo agresivo— con temor, atribuyéndole un poder superior o una fuerza incontenible.

Sin embargo, si aplicamos una mirada crítica, la violencia no es una demostración de capacidad; es, paradójicamente, la confesión de una impotencia vincular.

La violencia aparece cuando se agota el horizonte de lo posible. Es el recurso final, trágico y estéril, de quien no ha logrado vislumbrar otra alternativa, de quien no ha tenido los referentes o la libertad interior para imaginar una salida distinta al choque.

No es meramente un error de cálculo; es una clausura del espíritu. Recurrir a la fuerza bruta para resolver conflictos humanos es admitir que hemos renunciado a la palabra, a la empatía y a la inteligencia necesaria para sostener la mirada del otro.

La creatividad como motor de la historia 

A menudo se nos define como Homo Faber (el hombre que fabrica), pero la humanidad es mucho más que una simple ensambladora de herramientas. Lo que realmente nos define es nuestra imaginación creadora: esa capacidad inagotable de, ante la escasez o el conflicto, alumbrar realidades inéditas.

No creamos solo para sobrevivir; creamos para convivir.

Un espejo fascinante de esto es la historia del aluminio. En el siglo XIX, este metal era más valioso que el oro. Era tan escaso y difícil de procesar que la exclusión definía su posesión: unos pocos lo tenían, la mayoría no. La “violencia” de la escasez dictaba las jerarquías.

¿Qué cambió? No cayó más aluminio del cielo; la materia era la misma. Lo que cambió fue la mirada humana. A través del ingenio y la ciencia, descubrimos una nueva forma de relacionarnos con la materia.

La humanidad expandió su horizonte y creó abundancia donde solo había falta. Transformamos un motivo de guerra en un elemento cotidiano de cuidado (hoy envuelve nuestro alimento).

Política: El arte de lo imposible

Este salto del aluminio es una metáfora poderosa, pero la política va mucho más allá de la mera técnica. Si la técnica transforma la materia, la política transforma los vínculos.

En Renovación, no vemos la política como una simple gestión de recursos, sino como una ética de la creación.

Quien recurre a la agresión —física, verbal o simbólica— para gobernar o “corregir”, está admitiendo una derrota existencial. Está confesando:

“No he logrado construir un puente hacia ti. No tengo la profundidad humana para integrarte, así que debo anularte”.

La política no es ingeniería fría; es el arte de hacer vivible la diferencia. Mientras la violencia es estática y asume que el conflicto es un destino fatal, la verdadera acción política es profundamente dinámica y humana: implica la valentía de inventar un “nosotros” donde antes solo había enemigos.

Del microcosmos al macrocosmos: La herencia no cuestionada

La tragedia doméstica: Esta carencia no solo ocurre en la gran historia; ocurre en la intimidad. Pensemos en el padre o la madre que, ante la frustración, recurre al golpe o al grito.

Ese acto no es una “técnica disciplinaria”, es un grito de auxilio de quien se ha quedado sin lenguaje. A menudo, este padre no es “malo” por naturaleza, sino que es víctima de una pobreza de alternativas. Quizás nadie le enseñó, o el sistema no le permitió ver, que la autoridad se construye desde el respeto y no desde el miedo.

Al golpear, no solo lastima el cuerpo, sino que enseña una lección desoladora: “Cuando se te acaben las palabras, tienes derecho a destruir”.

Las estructuras que nos sostienen: Lo inquietante es que nuestras estructuras estatales replican esta lógica. Cuando un Estado responde a la protesta o a la crisis únicamente con la fuerza policial, está actuando como ese padre desbordado que no sabe dialogar.

Sostenemos estructuras violentas no porque sean “necesarias”, sino por una inercia cultural. Hemos heredado un guion obsoleto basado en la dominación y no nos hemos atrevido a reescribirlo. El desafío no es solo técnico, es profundamente humano: se trata de tener el coraje de cuestionar lo que nos dijeron que era “natural” e inventar formas de justicia que reparen en lugar de romper.

El desafío de nuestra generación: Crear nuevos horizontes

No estamos condenados a la violencia. Esa es la resignación de quien ha dejado de buscar.

Nuestro verdadero potencial reside en nuestra capacidad de mirar un abismo (la pobreza, el odio, la injusticia) y negarnos a aceptar que esa es la única realidad posible.

Diseñar la paz no es un acto de ingeniería, es un acto de fe en la capacidad humana.

Es demostrar que, frente a cada muro que nos divide, nos sobra imaginación, voluntad y amor para abrir una puerta.

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